1961- 1965. De cómo el trofeo también viaja y conoce Lisboa y Milán.

La década de los sesenta trajo consigo el final de la hegemonía del Real Madrid y con ello una lucha abierta por hacerse con el cetro europeo. Este acontecimiento, unido a que prácticamente toda Europa participaba ya en la competición (salvo Malta, Chipre, Albania y la URSS) llevó a que se disfrutara de ella hasta en 6 países distintos.

De todos modos, al principio no iría muy lejos, quedándose el trofeo en la Península Ibérica. Fue el Benfica lisboeta el que logró ese éxito al ganar al Barça en la final de Berna. Continuaban estando cerca los “blaugranas” aunque no llegaron a alcanzar la cumbre.

El camino para los finalistas fue bien distinto. Mientras el Benfica paseaba su superioridad frente al Heart, Ujpest Dozsa, Aarhus y Rapid de Viena, al que ganó 3-0 en Da Luz y con el que empató a uno en el Prater, al Barcelona le costaba enormemente derrotar a sus adversarios. Fácil fue su primera ronda ante los belgas del Lierse, pero polémica su clasificación frente al Madrid, al que anularon 4 goles en le vuelta del Camp Nou, y épica la remontada experimentada ante el Hamburgo. Después de vencer en casa por 1-0 con gol de Evaristo, la vuelta en Hamburgo se tornó complicada; el conjunto alemán ganaba 2-0 con goles de Wulf y Uwe Seeler y el Barça estaba eliminado si no marcaba. Llegó el minuto 90 y Kocsis anotó el gol de la esperanza para los “culés”. Obligaba a jugar un encuentro de desempate que se disputaría en Bruselas y ahí no dejarían pasar la ocasión, ganando de nuevo gracias a un gol de Evaristo.

Por fin, el 31 de mayo de 1961, se disputaba una final que daría un nuevo campeón. El estadio Wankdorf de Berna acogió a 26.000 espectadores para presenciar una final igualada. En el minuto 20 de partido, Kocsis adelantaba al Barcelona, pero diez minutos después Aguas empataba en el marcador. Acto seguido, un error de Ramallets acabó suponiendo un gol en propia puerta que ponía al Benfica por delante y el campeonato cada vez más difícil. Ya en el segundo tiempo Coluna haría el tercero para los benfiquistas y a 15 minutos para el final, Czibor marcaría el gol que cerraría el 3-2 definitivo. El resumen de lo que le pasó al Barça es sencillo: fueron mejores pero cometieron también más errores.

Al año siguiente hubo dos nombres propios, sin duda. El de Luis Suárez, que fue traspasado al Inter de Milán por 25 millones de pesetas, y el de un jovencísimo Eusebio, que destacaba en el Campeón de Europa. Era también el año de la revancha para el Real Madrid, tras perder por primera vez el título. Y resultó que volvió a dar la talla, llegando al menos a disputar la que era su sexta final.

El Benfica debutó ese año frente al Austria de Viena, al que golearon por 5-1 en Lisboa tras empatar en el Prater. Después, vapulearon al Nuremberg que se llevó un 6-0 de Da Luz que dejaba sin valor su victoria inicial de 3-1. Finalmente, para alcanzar la final, deberían derrotar al Tottenham Hotspur que estuvo a punto de aguarles la fiesta. Los lisboetas vencieron cómodamente por 3-1 en la ida y, posteriormente, en White Hart Lane, sufrieron durante muchos minutos porque en el 48 el resultado reflejaba un 2-1 para los ingleses que les dejaba a un gol del empate, algo que nunca llegaría.

Por su parte, el Real Madrid parecía que entrenara, a tenor de los resultados globales que cosechó en algunas eliminatorias: 5-1 ante el Vasas y 12-0 ante el Odense, atestiguan la diferencia en el nivel de los equipos. La eliminatoria de cuartos, sin embargo, le enfrentaría a la Juventus y exigiría lo mejor de los “blancos” para llegar más lejos. En el Comunale, un gol de Di Stéfano dio la victoria a los madridistas mientras que en el Bernabéu fueron los italianos quienes vencieron con idéntico resultado. El desempate se disputó en el Parque de los Príncipes y ahí el Madrid ganó con más claridad por 3-1. La semifinal ya sería otra cosa y es que el equipo que logró armar Santiago Bernabéu se desenvolvía mejor en las grandes noches. El Standard de Lieja fue su rival y, tanto en Madrid como en Lieja venció por 4-0 y 0-2, respectivamente.

El 2 de mayo de 1962, en el Olímpico de Amsterdam, se disputó la primera final entre equipos campeones. Por lo visto en la primera parte, el Real Madrid volvía por sus fueros y mandaba con tres goles de Puskas sobre los dos de Aguas y Cavem. Pero la segunda mitad devolvió a cada uno a su lugar dejando claro quien era ahora el campeón y quien había perdido su sitio. Coluna igualó en el minuto 50 el partido y, apenas unos minutos más tarde, Eusebio terminaría con las ilusiones madridistas consiguiendo dos goles en los minutos 64 y 69. El marcador reflejaba 5-3 en lo que era la constatación de un hecho: un nuevo equipo gobernaba Europa.

Si hay un club que ya estaba tardando en conquistar Europa, ese era el A.C. Milán. Y esa temporada 1962/63 lo lograría a lo grande. Por demostrar en cada campo la calidad que atesoraban futbolistas como Maldini, Trapattoni, Rivera o su goleador Altafini (que consiguió la cifra de 14 goles que aún nadie ha superado); y también por derrotar en la final al poseedor del trofeo, el Benfica que, por desgracia para ellos, no pudo renovar su idilio con el éxito otro año.

Giovanni Trapattoni dejó huella como jugador y años más tarde como entrenador.

Por otro lado, la decepción del torneo la protagonizó el Real Madrid, al que echó en dieciseisavos de final la táctica del fuera de juego, tan bien interpretada por el Anderlecht de Sinibaldi. Un empate a tres goles en el Bernabéu, tendría continuidad días más tarde con la derrota cosechada por 1-0 en el estadio de Heysel.

Entre tanto, el vigente campeón, el Benfica, debutaba goleando al Norrköping y vencía posteriormente al Dukla Praga por un escueto 2-1 de la ida. Disputaría una de las semifinales enfrentándose a un emergente Feyenoord que fue capaz de aguantar el 0-0 inicial en De Kuip. Para la vuelta en Portugal, el Benfica se empleó a fondo y los goles de Eusebio, José Augusto y Santana hicieron innecesario el marcado finalmente por Bouwmeester para los holandeses, dejando el 3-1 como resultado definitivo.

Gianni Rivera fue el interior del gran Milán de los 60.

Pero la sensación esa temporada fue el conjunto “rossonero”. Comenzando por los 14 goles que le hicieron al Luxemburgo en su debut, siguiendo por la autoridad con la que ganaron a sus siguientes rivales, el Ipswich Town y el Galatasaray turco, al que vencieron por 1-3 en la ida y 5-0 en San Siro, para acabar volviendo a golear, ya en semifinales ante el Dundee por 5-1 en San Siro, aunque perdieran 1-0 en la vuelta.

El estadio de Wembley, en Londres, fue el escenario elegido para la disputa, el 22 de mayo de 1963, de la final entre el Milán y el Benfica. En ella, se adelantaron los campeones en el minuto 19, por mediación de su delantero Eusebio, apodado como “Pantera Negra”. Sin embargo, no sería suficiente ya que, durante la segunda mitad, la defensa milanista anuló a la estrella portuguesa y Altafini se valdría para marcar en los minutos 58 y 69 los dos goles necesarios para ganar el torneo.

Un año más tarde, continuarían apareciendo candidatos a ganar el título y sería el Inter, de Mazzola y Luis Suárez, entre otros, el que dejara en la ciudad de Milán el trofeo, convirtiéndola así en la primera y, por ahora, única ciudad que cuenta con dos Campeones de Europa distintos.

Para ello hubo de superar en la final al Real Madrid, que se resistía a dejar de ser protagonista. Pero lo hizo esta vez tras producirse un hecho insólito: el secuestro durante tres días de Alfredo Di Stéfano. Sucedió el 21 de agosto, en la ciudad de Caracas, adonde había ido con el Real Madrid para jugar un torneo. Se encontraba en el Hotel Potomac, cuando el Frente de Liberación Nacional Venezolano le secuestró para obtener repercusión ante los medios de comunicación internacionales.

Di Stéfano, ante la prensa tras el secuestro.

Alfredo, junto a uno de sus secuestradores.

Volviendo a lo deportivo, el éxito del Inter de Helenio Herrera se construyó desde la base de un equipo bien organizado defensivamente. El “catenaccio” ejercido por los “neroazzurri” hacía muy difícil que sus rivales pudieran marcarle. De hecho recibieron sólo 5 goles durante toda la competición. Al Everton, le eliminaron con un 0-0 en Goodison Park y un solitario gol de Jair en San Siro; al Mónaco le vencieron 1-0 en la ida y 3-1 en el posterior encuentro del Vélodrome; al Partizan, un 0-2 de la ida y un 2-1 en Milán le enviaron para casa; y en semifinales, el empate a dos goles de la ida frente al Borussia de Dortmund obligaba a los italianos a vencer en su estadio en la vuelta, con lo que el 2-0 final colocaba a los interistas a un paso de la gloria.

El camino de los blancos fue, sin duda, más productivo en su cuenta goleadora. 0-1 y 6-0 serían los resultados con los que los “blancos” eliminaran al Rangers en primera ronda. Después, una nueva victoria a domicilio por 1-3 y otra goleada por 5-3, dejarían fuera al Dinamo de Bucarest. Ya en cuartos, el Real Madrid se las vería con el Campeón de Europa, al que venció con rotundidad por 4-1 en el Bernabéu y con el que sufrió durante el segundo tiempo con un 2-0 en contra, hasta lograr el pase en San Siro. Su duelo más complicado, si tenemos en cuenta la victoria a domicilio ante el Zurich y el posterior baño de goles y fútbol del Bernabéu: 6-0 .

Y llegó la final, jugada en el Prater de Viena el 27 de mayo de 1964. Será siempre recordada por ser la primera vez que vencía el Inter en la Copa de Europa. Se mostró siempre superior al Madrid. Marcó el primer tanto Mazzola, al filo del descanso; amplió distancias con el gol de Milani, en el minuto 60; y, aunque Felo acercara al conjunto “merengue” en el marcador en el 70, de nuevo Mazzola cerraría la cuenta en el 75, dando así el título a los italianos. Pero será también una fecha especial por ser la última ocasión en la que vimos a Di Stéfano jugar con el Madrid. Una fuerte discusión con el entrenador, Miguel Muñoz, con motivo del planteamiento que el técnico había hecho de la final, provocó que días más tarde el club anunciara la salida de la “Saeta Rubia” de la entidad de Chamartín.

El verano de 1964 España también conseguiría ser Campeón de Europa, pero lo haría en el Campeonato de Europa de selecciones. Con un equipo formado por Iríbar, Zoco, Fusté, Amancio, Marcelino y Suárez, entre otros, se impusieron a la URSS y lograron para España su primer título.

En lo que a la competición de clubes se refiere, esta edición trajo consigo la primera participación del Liverpool de Bill Shankly que, años más tarde, se convertiría en leyenda, y una nueva final entre dos equipos campeones.

Bill Shankly llevó tiempos de vino y rosas a Anfield.

Precisamente el Liverpool, tuvo una muy buena actuación que le llevó a jugar semifinales. En su inicio ganó por 11-1 al Reykjavic en el cómputo de los dos partidos. Más tarde se enfrentó al Anderlecht, al que venció 3-0 y 1-0. Ya en cuartos de final, una moneda lanzada al aire le concedió la posibilidad de seguir compitiendo cuando en el campo no lo había merecido más que su adversario, el Colonia: tras  dos empates sin goles el tercer encuentro jugado en Rotterdam tampoco solucionó las cosas, 2-2.

Finalmente alcanzó la penúltima ronda en la que tenía un hueso duro de roer, el vigente campeón.

Un campeón, el Internazionale, que para llegar ahí venció con facilidad sus compromisos ante el Dinamo de Bucarest y el Rangers, donde los goles de los españoles Luis Suárez y Joaquín Peiró fueron decisivos. En la esperada semifinal, el Liverpool presentó batalla, ganando el partido de ida por 3-1, con goles de Hunt, Callaghan y Saint John para los “reds” y de Mazzola para los “neroazzurri”. Sin embargo, en la vuelta, los goles marcados por Corso, Peiró y Facchetti dieron el pase a la final a los interistas.

Por el otro lado llegaría a la final de Milán el Benfica, que quería recuperar su lugar de prestigio. Vencieron sin complicaciones al Aris Bonnevoie, al La Chaux y al Real Madrid que, sin Alfredo Di Stéfano en sus filas, se llevó el correctivo de 5-1 en Da Luz y una insuficiente victoria en el Bernabéu por 2-1. En semifinales, otra exhibición hacía presagiar la llegada de un nuevo Benfica campeón, a tenor de la superioridad ejercida sobre el Vasas de Budapest, con las victorias de 0-1 y 4-0.

En la final disputada en el estadio de San Siro, el 27 de mayo de 1965, el Inter tenía la posibilidad de revalidar su corona y, además, hacerlo en casa. Se enfrentaban por ella dos grandes “escuadras” conocidas por estilos de juego bien diferenciados pero el campeonato se decidió, no por la genialidad de ninguna de sus estrellas sino por el error del guardameta benfiquista Costa Pereira, al que se le coló entre las piernas un disparo sin peligro del interista Jair. Fue al filo del descanso pero ya no se movería el marcador hasta el final del encuentro.

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